14 de diciembre de 2011

Monegros… desde el otro lado

Desde el lado de los corredores, como he podido comprobar que es, gracias a la gente de organización que me ha permitido participar. ¡Gracias de verdad!

Ha sido una experiencia increíble. Nos ha costado mucho estar preparados, compatibilizando los entrenamientos con las labores de organización previas a la carrera, conseguimos llegar a los 485 kilómetros, que junto a los de la travesía son casi 600. Y aún así, pienso que deberíamos haber entrenado algo más.

Momentos mágicos para mí en esta travesía han sido, como no, la salida de Zaragoza, con más de 3000 personas viéndonos in situ, los nervios del primer momento y el buen trabajo de mi equipo.


Momentos como en la tercera etapa, nocturna, con una niebla cerradísima en algunos momentos que me obligaba a apagar el frontal –gracias, luna llena por dejarte ver por encima de la niebla-.  Cuando alcanzaba en las subidas a otros tiros que iban empujando el carro y mis perros subían sin que yo les tuviese que ayudar. Es gratificante cuando adelantas a tiros de corredores que para mí son una referencia, de quienes hemos aprendido tanto.





También en la cuarta etapa, que creo que es la que mejor hemos corrido, donde mi equipo volaba, pero a su ritmo, sin forzar, sabiendo que aún quedaba un largo trecho. Mientras veía el cansancio en otros equipos, el mío seguía mejorando. En esta cuarta etapa conseguimos alcanzar a José Sacristán y a Jeremías Esparza, que justo en ese cruce se despistó. Me propuse intentar adelantar a Sacris, y para eso nada mejor que seguir el ritmo. Lo veía siempre delante de mí, a unos 200-300m. En una subida larga y constante le fui recortando, y luego en el llano manteníamos la distancia. Cuando llegamos a la zona de bajadas solté a mi equipo, sabiendo que en esa zona, con cruces cerrados, curvas y el piso en mal estado, éramos más ágiles y le podíamos alcanzar. Y así fue. Conseguí ponerme detrás de él, donde nos mantuvimos durante un par de kilómetros, recuperando el aliento de mi equipo, hasta cruzar la carretera, donde él paró para desliar a un perro y le adelantamos. Tres kilómetros más adelante llegábamos a meta. Y la satisfacción más grande fue que cuando buscaba un lugar donde atar el tiro, mis perros aún tiraban y daban saltos instándome a continuar.

La última etapa también fue muy bonita. Si no hubiese sido por las caídas habría sido perfecta, ya que volví a meter a Milvus en el tiro (pasando a categoría Z) para terminar con todos. Aunque esto –y mi falta de planificación- me costaron 6 minutos de penalización, ya que tenía la línea preparada sólo para cuatro perros. Pero en un alarde de tranquilidad, y mientras Abel me sujetaba a las líderes que ya estaban enganchadas, conseguí buscar el tramo que había quitado el día anterior e insertarlo en su lugar para poder correr con los cinco. Y todo esto sólo llegando 1 minuto tarde a la salida… suerte que salía el último.

Para terminar, creo que hemos aprendido muchas cosas: mantener la calma en las salidas y en carrera, conteniendo la velocidad, que no hay que despistarse del camino, ya que aparecen zanjas profundísimas de la nada. Me ha gustado disfrutar de la cotidianeidad de las tareas de un musher y ver como mis perrillos disfrutaban conmigo. Ver cómo han aprendido que hay que pararse en la salida. Ver cómo están pendientes de mí.  Disfrutar con Isis del buen trabajo que hemos hecho todos.

Y lo orgulloso que estoy de mis chicos. Ha sido formidable.

(Por cierto, las fotos son de Aroa, gracias!)

Seguir leyendo... »